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Reflexión

Fiesta de Nuestra Señora de los Ángeles

Conozca mas sobre la Indulgencia Plenaria de la Porciúncula o el Perdón de Asís.

La Porciúncula fue la cuna espiritual, que acogió a San Francisco de Asís, esta fue una de las capillitas restauradas por él y fue en este lugar, que se revela  al santo su verdadera  vocación y misión a la que Dios le había llamado; y que todavía no había entendido a profundidad, desde el llamado de nuestro Señor Jesucristo en la capilla de San Damián.

Dios le había revelado al Santo, que en esta pobre y humilde capillita serian concedidas muchas gracias. 

El Perdón de Asís

Una noche Francisco estaba en oración en la iglesia de la Porciúncula y no sentía paz en su pensamiento, reflexionando en tantos pecadores que no se esfuerzan por agradar a Dios y se dejan arrastrar miserablemente por el pecado. Pensando en la misericordia y amor infinito de Dios, entre gemidos y llanto; seguramente repetía aquella frase triste que dijo en san Damián: “El amor no es amado”, en ese momento aparece Jesús y su Madre, rodeados de su gloria en medio de ángeles; el Señor le dice a Francisco que pida la gracias que más deseara, y Francisco sin vacilar le pide al Señor el perdón del castigo por los pecados cometidos a todos aquellos que arrepentidos, visiten la Porciúncula. El Señor solo lo miro sin decir una palabra; y Francisco viendo eso, se dirige a Nuestra Señora y le pide que interceda ante su hijo para conseguir  las gracias solicitadas; la Santísima Madre lo mira a su Hijo como intercediendo por Francisco y el Señor le dice: la gracia que pides es grande más mereces aún cosas mayores, por eso te concedo lo que pides; anda ahora donde mi vicario y pídele que ratifique en la tierra esta bondad. Entonces, la misteriosa y santísima visión, se desvaneció, dejando a Francisco estampado en el piso de la capilla, llorando de alegría, con profundo amor y agradecimiento.

Temprano en la mañana, Francisco salió con el Hermano Maceo, a la cercana ciudad de Perugia, donde un nuevo Papa había sido electo, Honorio III. Ese tipo de indulgencia solo se le había concedido a la tumba de Cristo, a la de San Pedro y San Pablo y a los que participaban en las cruzadas. 

El Santo Padre llamó a Francisco y le dijo: "nosotros te concedemos esta indulgencia y debe ser válida perpetuamente, pero solo en un día cada año, desde las vísperas, a través de la noche, hasta las vísperas del siguiente día".
Para la solemne inauguración de este perdón en la Porciúncula, Francisco escogió Agosto 2, porque fue el primer aniversario de la consagración de esta santa capilla, y porque Agosto 1, era la fiesta de la liberación de San Pedro de las cadenas que tenía en la cárcel (Agosto 2, es el día de Nuestra Señora de los Ángeles).

Tomado de: Reseña de la webgrafia de San Francisco de Asís.

 

Reflexión sobre la indulgencia

A los fieles que, impulsados por la penitencia, son llevados a alcanzar esta metánoia, por cuyo motivo, después del pecado, ha sido herida aquella santidad con la que fueron revestidos al principio en Cristo en el bautismo, sale al encuentro la Iglesia, que sostiene a los hijos enfermos y débiles con un amor y un socorro semejantes al materno, incluso otorgando las indulgencias.

Pero la indulgencia no es un camino más fácil, mediante el cual podemos evitar la necesaria penitencia de los pecados, sino más bien es un sostén que cada fiel, humildemente consciente de su enfermedad, encuentra en el Cuerpo místico de Cristo, que de una manera concreta «colabora a su conversión con la caridad, el ejemplo y las oraciones» (Const. Lumen Gentium, c. 2, n. 11).

Un ejemplo excelso de semejante penitente y de un alma consciente de la humana enfermedad fue para nosotros el mismo San Francisco, en el cual admiramos tan bien expresado «el hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad» (Ef 4,24). En efecto, él no sólo ofrece un ejemplo validísimo de aquella conversión a Dios y de una vida auténticamente penitente, sino que ordena en su Regla exhortar a los hombres para que «perseveremos en la verdadera fe y penitencia, porque de otro modo nadie se puede salvar» (Rnb 23); así en el comentario al Padre Nuestro, implora de esta manera al Padre que está en los cielos: «Y perdónanos nuestras deudas: por tu inefable misericordia, por la virtud de la pasión de tu amado Hijo y por los méritos e intercesión de la beatísima Virgen y de todos tus elegidos» (ParPN 7).

El fiel penitente que cumple así la renovación del espíritu, no actúa solo; en efecto «quien es redimido del pecado y mondado en el espíritu en fuerza de las oraciones y del llanto de todos, consigue la purificación mediante las obras de todo el pueblo y es lavado por las lágrimas del mismo. Cristo, en efecto, ha concedido a su Iglesia que todos fueran salvados por obra de uno solo» (S. Ambrosio, De poenitentia, 1.15,80; PL 16,469).

La indulgencia que la Iglesia ofrece a los penitentes es manifestación de aquella admirable comunión de los Santos, que por el único vínculo del amor de Cristo une estrechamente de una manera mística a la beatísima Virgen María, a los fieles triunfantes en el cielo, a los que están en el Purgatorio y a los que peregrinan en la tierra. La indulgencia, pues, que se concede por el poder de la Iglesia, disminuye e incluso borra totalmente la pena por la que el hombre de alguna manera está imposibilitado de alcanzar de una manera más estrecha la unión con Dios; por este motivo el fiel penitente en persona encuentra ayuda en esta singular forma de amor eclesial, para dejar el hombre viejo y revestirse de aquel nuevo «que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador» (Col 3,10).

Dios Rico    Autor: Hno. Enrique Alban

Conductor del programa: Dios Rico en Misericordia (lunes a viernes 17h00).